Las drogas como arma del poder adulto
      es un texto del miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente fechado el 1 de octubre de 2001.


      LAS DROGAS COMO ARMA DEL PODER ADULTO

      4.- DROGAS, MAFIAS Y TRAPITXEO:

      Por esa contundente demostración práctica, para que las drogas demuestren su falsa efectividad, es necesario que tengan una aureola de misterio, de algo novedoso, diferente y superior, de algo que a pesar de todo lo que se dice de ellas y se interviene contra ellas, aún así, deben poseer un secreto atrayente. La mística de las drogas no radica tanto en la ilegalidad de algunas de ellas --la inmensa mayoría son legales, y de las ilegales muchas de ellas circulan con total normalidad-- sino en que siempre que se consume por primera vez una de ellas, la que fuera, desde el alcohol o tabaco hasta la cocaína pasando por los fármacos que receta el médico o que compramos para mantener nuestra fuerza psicosomática de trabajo, siempre la primera vez se presentan como la solución al problema que nos atosiga consciente o inconscientemente, desde la indefinible frustración hasta el muy definido cansancio pasando por el hastío vivencial o las preocupaciones económicas. La mística de las drogas es así su primera carta de presentación, contra la que apenas tenemos respuesta e instrumento de lucha que no sea la autoconsciencia crítica y desalienada. Y en la decisiva edad juvenil, es muy difícil desoír los cantos de sirena de dicha mística.

      Exceptuando los casos en los que los padres enseñan a l@s hij@s a fumar y beber, en el resto la juventud ha de conseguir estos primeros placeres subversivos por su cuenta, cogiéndolos a los padres o a l@s herman@s mayores, consiguiéndolas de algún/a amig@ mayor o del típico trapitxero o comprándolos en determinadas tiendas. Oficialmente está prohibido vender a l@s menores de 18 años, y eso no hace más que aumentar las sensaciones novedosas, de transgresión y reafirmación. No importa mentir en la edad, no importa hacer un pequeño robo en casa, tampoco importan otras muchas cosas porque ya para entonces, por lo común, l@s hij@s han aprendido que los primeros mentirosos son los padres y que los padres son incoherentes en muchas cosas. Además, la TV está llena de lecciones así, y en la cuadrilla esos comportamientos son sino obligados sí de buen ver, y muy oportunos para destacar e impresionar a las chicas o a una de ellas en especial, y a la inversa. Pero si sólo fuera este el problema, el panorama no sería tan desalentador y dramático. Lo verdaderamente grave es que estos y otros comportamientos insertos en la mística de las drogas, en el acto social de crear relaciones intragrupales y de estatus y escalas de poder e influencia --de éxito-- dentro de ellas mediante las drogas, en realidad son inseparables de la lógica de la competitividad capitalista, de la pugna por el poder dentro del grupo, de la búsqueda del liderazgo. Lo malo de todo esto es que tales comportamientos pasan desapercibidos precisamente por su obviedad, por su "normalidad", porque son funcionales e integrales al y en el sistema. Lo anormal y auténticamente peligroso es que no se produjeran.

      Llegamos así al nudo gordiano del problema que queremos investigar. Es en este mundo de dominio invisible de la lógica capitalista en donde interviene la venta alegal e ilegal de drogas, y dentro de él, el del trapitxeo del "amigo" o del "conocido de toda la vida". Es en este mundo en donde funcionan los estrechos lazos entre la economía ilegal, las mafias de la droga y consiguientemente las policías, y el trapitxeo de poca monta, los vendedores de pocas cantidades que no tienen aparentemente relaciones con los otros dos niveles y que creen y afirman funcionar por cuenta propia, con sus viajes al moro para autoabastecerse y luego vender a sus "amigos clientes". Ya hemos hablado en otras ocasiones sobre las relaciones entre la economía legal capitalista y su parte ilegal o criminal, como la llaman oficialmente, y no vamos a extendernos ahora, aunque sí vale poner un ejemplo muy simple y sencillo: esos bares que venden alcohol y tabaco a los menores de 18 años, sin pedirles documentación y sabiendo que son menores. Eso es una común y corriente economía ilegal aunque el bar sea legal y cumpla todos los requisitos municipales, etc. Podríamos poner muchos más ejemplos al respecto. De igual modo, esta economía ilegal tiene también sus componentes mafiosos porque muchos bares compran el alcohol fuera de los canales legales, o venden mal alcohol a precio de buen alcohol, y compran tabaco a las grandes redes de traficantes ilegales de tabaco, etc.

      De aquí a la venta de muchas drogas en locales de bailes y en discotecas hay un corto trecho que se cruza sin dificultad porque, en realidad, es la misma lógica la que regula el funcionamiento en un bar normal que vende droga ilegalmente adquirida por el propietario, que en una lujosa o masiva sala de fiesta que permite que en su interior actúe una red de ventas ilegales y no otras, red con la que el propietario no tiene ninguna relación legal pero sí un convenio tácito. Interesa remarcar la necesidad objetiva de la ley capitalista en el funcionamiento de la compra-venta de drogas en esos locales, porque determina además del funcionamiento del mercado de la droga también el comportamiento de los vendedores y de sus redes mafiosas, ilegales, así como, a la fuerza, el de las diversas policías. No nos vamos a extender ahora en el papel regulador del Estado en el mercado de la droga mediante las intervenciones policiales, legales, etc., aunque sí tenemos que decir que esta intervención también tiene unos claros objetivos políticos y de guerra de contrainsurgencia en aquellas situaciones en las que las drogas son un instrumento de alienación y destrucción de la juventud rebelde. Las leyes capitalistas de máximo beneficio, de rapidez en la obtención de beneficio, de centralización y concentración de capitales aunque sean ilegales, de máxima explotación de la fuerza de trabajo en esos negocios --los vendedores y correos--, de tendencia a la baja de la tasa media de beneficio, de tendencia al aumento de las inversiones de capital en todo el proceso tecnológico, de traslado del capital de una rama ilegal a otra según la tasa de ganancia de cada una de ellas, etc., estas leyes también actúan a su modo, con más brutalidad y ferocidad si cabe, en la economía ilegal que en la legal. A todo esto hay que añadir la presencia de la política estatal orientada, en primer lugar, a la destrucción y control de la disidencia y, en segundo lugar, a ayudar a algunas mafias en contra de otras, con más descaro y parcialidad que en la economía legal. Cuando a la droga se le une la prostitución, entonces tenemos el cuadro casi completo del drama, y cuando a ambas se le añade el tráfico de esclav@s modernos, y de armas y otros objetos, tenemos completo el panorama.

      Tenemos que partir de esta totalidad para poder acercarnos con un poco de seriedad al problema del trapitxeo, de los pequeños traficantes y vendedores, de los que, según dicen y en algunos casos todavía es verdad, bajan ellos mismos al moro y se traen su propia mercancía vendiéndola sin afán de lucro entre sus amig@s y conocid@s. No negamos que existan casos así, y que incluso durante un tiempo relativamente largo puedan desarrollar sin mayores contratiempos su propio trabajo pero el problema es otro. En primer lugar, las redes mafiosas al funcionar necesariamente según las leyes capitalistas no tienen más remedio que ir abarcando y controlando, también centralizando, el proceso entero de producción, circulación y venta de las drogas, aunque la complejidad del negocio exige la creación de alianzas inseguras y que se vigilan entre sí muy estrechamente. Pues bien, indefectiblemente, esta necesidad ciega lleva al control de los pequeños negocios o a su exterminio si no se supeditan a los grandes, absorción o destrucción para la que no es necesaria la intervención del Estado, aunque sí suele darse por los propios intereses del poder en obtener beneficios y en mejorar sus servicios de espionaje e infiltración.

      En segundo lugar, el Estado también tiene sus propios y exclusivos intereses controladores de esas pequeñas redes, aunque sean individuales. Por experiencia sabe que la gente que recurre al trapitxeo "fiable" es aquella que o bien tiene cosas que ocultar, lo que siempre es bueno frente al Estado, o bien son muy pequeños y ocasionales consumidores. En ambos casos, la voracidad represiva del Estado le lleva a investigar a quienes surte el traficante individual. No merece la pena hablar sobre por qué el Estado quiere saber quienes son los revolucionarios que recurren a esos traficantes. Es obvio y sería irracional creer que el Estado no tiene interés alguno en ampliar sus redes dentro de la izquierda abertzale. Sí merece la pena saber que el Estado también tiene interés en disponer de la información básica sobre los consumidores individuales apolíticos y que no se meten en "problemas" por la simple pero contundente razón de almacenar datos que pueden serle rentables en un futuro. Hay que tener aquí en cuenta que en todo lo relacionado con la economía ilegal tarde o temprano terminan por relacionarse directa o indirectamente sus diversas ramas, tal como sucede en la economía legal pero en sus planos específicos. En esos casos surgen o estallan conflictos de competencia, tema que no podemos desarrollar ahora, pero también en esos casos el Estado puede presionar, chantajear u ofrecer alguna contrapartida a consumidores para que actúen como el Estado quiere. Imaginémonos que de pronto una persona que consume productos desde hace tiempo y que se relaciona más o menos estrechamente con gente de la izquierda abertzale, recibe una "visita" policial con una "oferta" precisa basada en un chantaje con amenaza. Esa persona que no tiene ninguna o muy poca conciencia, que psicológicamente no está preparada para nada y menos para un susto de esa categoría, o para un negocio rentable y seguro, esa persona tiene muchas posibilidades de ser atrapada por la red de la araña.

      En tercer lugar, con los sistemas actuales de telecontrol y vigilancia permanente, una persona que trafique por su cuenta puede sortear la efectividad policial durante algún tiempo. Pero es imposible que sortee los medios de información de las redes que le surten de drogas en el país al que acude. Tiene que comprar a alguien y tiene que contactar con él, negociar, pagar, etc., eso supone unas relaciones durante las cuales la red que le surte adquiere mucha información, entabla relaciones personales, conoce cosas y sobre todo se domina la lógica de la transacción con un cliente individual al que hay que mantener. Pero aquí está el riesgo para el pequeño traficante individual. Puede llegar el momento --sin que él lo sepa-- que esa red que le surte tenga que negociar con otras redes, o tenga que ceder al empuje de competidores más poderosos, etc. Sucede lo mismo con los pequeños empresarios autónomos dependientes de grandes empresas que les encargan pedidos. Se creen libres pero no son nadie, y cuando la empresa para la que trabajan al fin y al cabo, la que les surte y les garantizan el negocio cambian de propietario, desaparecen o deben restructurarse, entonces los pequeños empresarios conocen y padecen lo que realmente son. En el caso de la economía ilegal de las drogas, estas crisis son de una dureza mayor e inseparables de la intervención del corrupto Estado. Hay que conocer las grandes mafias del este de Europa o del norte de África, además de otras, para comprender que el pequeño traficante no es nadie ni nada, y que si sigue en activo es bien por suerte y azar, bien porque le están dando cuerda, bien porque es demasiado nuevo y desconocido en ese superconocido negocio.

      En cuarto lugar, el trapitxeo tiene a su favor la relación cercana, personal y hasta de amistad con el cliente del barrio. Mientras que en una discoteca o en un bar, o en una calle de un barrio muy frecuentado, la gente sabe que a determinadas horas hay mercadeo, estableciéndose frías relaciones entre vendedor y comprador, en el caso del trapitxeo y sobre todo en el de la gente que se mueve con pequeñas cantidades que ha conseguido en sus viajes o que ha obtenido de traficantes más grandes pero sin comprometerse con ellos, en este caso, las relaciones están muchas veces lubricadas por el conocimiento personal, por la experiencia exterior al negocio asentada en la vida en común durante la adolescencia, en el mismo barrio e incluso en el trabajo. Se le compra al conocido de toda la vida, al que se le puede dejar a deber en algún caso como al tendero o al del bar, y se habla con él de todas las cosas porque no es un "traficante" en el sentido oficial del término. También puede aparecer en el txoko y herriko, como quien anda por su casa porque él es del barrio, es uno más del barrio. Llegados a este nivel del problema hay que decir que, aquí, las relaciones en apariencia personales y de amistad terminan más temprano que tarde siendo relaciones estrictamente mercantiles, y en esto radica el extremo peligro del trapitxeo, en que realmente lo que se está produciendo en la entrada de las relaciones mercantiles dentro de las relaciones de amistad o de conocimiento personal.

      En quinto lugar, el pequeño traficante padece una indefensión total cuando es cogido por el Estado. Mientras que los vendedores de las grandes o medianas redes tienen sus sistemas de apoyo y hasta abogados, y alguien que paga sus fianzas, el traficante individual está en la más absoluta indefensión al ser detenido. Simultáneamente, no tiene a nadie en el exterior a quien rendir cuentas por lo que ha dicho en la detención. Un "trabajador" de una red mafiosa sabe que si canta algo ha de explicar y justificar lo que ha dicho. No es raro el ajuste de cuentas en las cárceles y fuera de ellas. Pero un traficante individual no corre estos riesgos y puede decir lo que quiera porque no tiene a nadie a quien tener que decir qué ha dicho. Puede así hablar sin ningún problema posterior. Puede delatar a todos sus compradores y colaborar sin que nadie sospeche. Mientras que un traficante de una red debe cuidar sus comportamientos una vez que ha colaborado porque aunque muchos también lo hagan, entre todos se vigilan y la sospecha, el recelo y la desconfianza mutua están a la orden del día. Un traficante individual sólo corre el riesgo de cometer tantos errores cuando colabora que al final sea descubierto. Aunque sus informaciones sean de poca entidad, en muchos casos, eso es lo de menos porque la policía relaciona todas las delaciones parciales que recibe de muchos sitios. Además, bastantes veces, el pequeño traficante puede dar una información aparentemente insustancial pero importante si se trata de militantes en sus gustos y comportamientos cotidianos.

      En sexto lugar, el pequeño traficante puede llegar a disponer de mucha información "intranscendente" pero decisiva. Todo depende de qué información sea, de cómo se obtenga y para qué se use. Un alto ejecutivo que consume cocaína de primera calidad puede contar cosas importantes sobre los negocios sucios y demás, y un chaval que mantiene relaciones de amistad con un trapitxero puede contarle cosas de segundo y tercer orden pero decisivas para conocer la vida interna en un barrio, en un bar, en una cuadrilla, en una familia, en las relaciones afectivas entre dos compañer@s y amig@s del chaval que se lo cuenta imprudentemente al "amigo" de toda la vida que le pasa la china todas las semanas, o cada menos tiempo. La efectividad informadora del pequeño traficante individual radica en sus relaciones más "personales", "más humanas" con sus clientes, pero nunca puede haber "relaciones humanas" entre un vendedor de drogas y un comprador por la naturaleza misma del producto, del mercado y del negocio que lo engloba. Frente al frío mercadeo impersonal del traficante organizado, el pequeño traficante depende y busca a la vez otras relaciones, contactos más directos y personales, más confiados y "seguros" cuando en absoluto es así. Muchas veces el pequeño traficante conoce desde hace tiempo a sus clientes y siempre busca, por estrictas exigencias de su propio negocio, mejorar ese trato. Es como cualquier tendero de barrio que ha de cuidar a su clientela de siempre para que no se vaya a un hipermercado. No lo hace por la clientela de siempre sino por él mismo, por su bolsillo. Y por su bolsillo venderá a su madre.

      En séptimo lugar, teniendo en cuenta todo lo anterior, cuando un chaval miembro de un movimiento popular o simple organismo social, de barrio, etc., quiere "independizarse" de su proveedor y adquirir él mismo sus dosis, o simplemente cambiar de proveedor por múltiples razones, entonces su "amigo" puede convertirse en su enemigo acérrimo porque en el negocio de la droga no se puede tolerar tanto como en cualquier otro negocio la pérdida de clientela. Si el antiguo cliente empieza a hacer sus viajes por ahí, tarde o temprano alguien se enterará, sobre todo el Estado, y su inicial proveedor sospechará y hasta investigará porqué ha perdido un cliente. Si ese proveedor además es chivato, su inquietud aumentará porque ha perdido una fuente extra de ganancia. Se pone así en marcha un instrumento muy efectivo de control y vigilancia que en el submundo de la droga ilegal tiene repercusiones especiales que terminan afectando a personas exteriores a ese submundo. En situaciones así, quien más gana es el Estado porque dispone de todos los instrumentos o si no, los crea. La prensa puede intervenir, manipular, mentir... haciendo correr la voz de que la izquierda se droga y que izquierdistas trafican con droga. Se está creando así un caldo propagandístico muy apto para intervenciones posteriores.

      En octavo lugar, puede ocurrir que ese chaval ya ha logrado disponer de su propia "independencia" en drogas, pero lo más seguro es que haya dejado tras de sí un reguero de rastros de fácil seguimiento, de manera que puede llegar el momento de una "visita" muy desagradable. Puede sufrir un chantaje total acompañado de malos tratos como advertencia de lo que le sucederá. Sabemos que todo eso, y más, es perfectamente posible. Y quien había sido una prometedora persona concluye siendo un vil chivato. No siempre tiene que concluir de este modo, pero sí existen muchas posibilidades de que así ocurra. Aún y todo, si no acabase así, tampoco desaparecería su responsabilidad pues ésta comienza desde el momento en el que él ayuda al tráfico de substancias aunque sin ningún afán de lucro personal sino el estricto para mantener sus propias adquisiciones. De todos modos, la responsabilidad existe desde el momento en el que esa persona participa en el mercadeo de la droga. Este aspecto es crucial porque resulta muy difícil caminar por el filo del cuchillo manteniendo un equilibrio inestable sin caer en cualquier de los dos lados, igualmente dañinos. En un contexto tan cargado de controles sociales, vigilancias de todas clases y aparatos de espionaje, resulta ilusorio y suicida creer que alguien relacionado con la izquierda abertzale puede cabalgar a tigre, burlar a tiburón y reírse del monstruo en lo relacionado con las drogas.

      Iñaki Gil de San Vicente

      EUSKAL HERRIA a 1 de Octubre de 2001

      Índice ¿En Euskal Herria se prepara una revolución? a la página principal